Esta polémica está dando para mucho: memes, debates, cancelaciones… Y no es para menos. Cuando llevamos unos 16 años viviendo la “época dorada” de internet, ya iba siendo hora de que nos diéramos cuenta que “oro parece, plata sí es“. Para quien no esté familiarizado con las características de ambos metales preciosos, la plata se “empaña” de forma gradual al entrar en contacto con los gases del entorno. Es decir, cuánto mas tiempo pasa, a pesar de ser de alta calidad, más “fea” se pone, le vemos más defectos y cada vez es más dificil limpiarla.
El brillo original va desapareciendo hasta dejarlo apenas irreconocible. ¿Se entiende el paralelismo?
Todo empezó con los bloggeros, como por ejemplo, Aida Doménech (Dulceida) que empezó con un blog de moda y ahora acumula varios millones de seguidores en redes sociales. Prácticamente al mismo tiempo, nacieron los youtubers, que abrieron paso al resto de personas que quisieron dedicarse a esto. Empezaron haciendo vídeos por entretenimiento, por pasárselo bien, que finalmente, se convirtieron en su fuente de ingresos. Este es el caso de ElRubius, Willyrex, AuronPlay, Roenlared… Y en esta línea, podría incluir a los “viners” pero… ¿quién se acuerda ya de la maravillosa Vine?
Sin embargo, seguro que sigues a algún creador o creadora que empezó ahí: Andrea Compton, María Herrejón, María Valero, Antón Lofer, Dante Caro, Berryuca… Ellos supieron migrar a otras plataformas como YouTube, Instagram o incluso TikTok para mantener su relevancia y seguir conectando con su audiencia cuando la app de los vídeos de 6 segundos desapareció (aunque recientemente hemos visto como el creador de Twitter intentó recuperarla). Algunos de ellos, así como los YouTubers, se convirtieron en streamers. Incluso el propio Ibai Llanos ha comentado alguna vez que empezó subiendo vídeos a YouTube jugando a Call of Duty o casteando partidas de League of Legends, siendo eso lo que le llevó a ser caster profesional y posteriormente a hacer directos en Twitch.
Aquí es donde empezamos con los instagramers y los tiktokers (antes…”Musicaliers”?). Hubo gente que empezó combinando su contenido en YouTube con publicaciones en Instagram y luego, cuando la plataforma de Meta empezó a ser multiformato, se quedaron solo ahí (como Marta Riumbau o la misma Dulceida, por ejemplo).
Pero luego, el caso de los tiktokers en un tanto… peculiar. Como sabéis, antes de que TikTok fuera TikTok, fue Musical.ly. En esta app los usuarios solían hacer lip syncs, trends de bailes, transiciones imposibles y vídeos con audios de humor. Allá por 2015 o 2016, muchos de ellos crearon su cuenta, como es el caso de Lola Lolita o Marina Rivers, y empezaron a ganar bastantes seguidores. Los vídeos verticales empezaron a ponerse de moda. Y, aunque el cambio a TikTok provocó también que el contenido evolucionara, más y más personas se unieron a la red social de moda que ya triunfaba en otros mercados como el chino o el estadounidense.
Tantos nombres, tantos “-ers” basados en distintas plataformas para acabar convirtiéndose en un único concepto: los influencers.
Una nueva forma de denominar a los “famosos” o “celebrities”, nombres que estábamos acostumbrados a escuchar en la prensa del corazón antes de que existiera Instagram. Y por supuesto, un anglicismo, que ni siquiera está aceptado por la RAE. Supongo que “los influenciadores” no suena tan bien.
Si quieres seguir profundizando en la historia de las redes sociales puedes hacerlo en este artículo. Pero mientras tanto, entremos en el debate.
En la versión fácil de su definición podríamos decir que un influencer “es una persona que influencia”. Sin embargo, por esa regla de tres, tu cantante favorita, tu actor favorito, la escritora de la que más libros lees, un profesor, tu familia o tu amiga “la mala influencia” lo serían. ¿Por qué? Porque influyen en tu forma de pensar, de vestir, de relacionarte, de actuar… y un largo etcétera.
Si le preguntara a mi padre qué es un influencer me diría algo así como “esos que se ponen ahí en las redes sociales a decir cosas y les sigue un montón de gente, ¿no?”. Y siendo sincera, no creo que se haya quedado muy lejos.
Así que vamos a matizar esa definición:
Según Gemini, “un influencer es un creador de contenido digital que ha construido una comunidad de seguidores leales y que tiene la capacidad de moldear opiniones, conductas, tendencias y decisiones de compra a través de su credibilidad, carisma o autoridad en un tema específico.”
Sin embargo, Rubius, en uno de sus últimos directos en el que hablaba sobre “La caída de los influencers”, dijo: “lo que más me gusta de esto es que la gente por fin está empezando a diferenciar entre influencers y creadores de contenido. Por fin, quince años tarde”.
Esto implicaría que creador de contenido e influencer no son lo mismo. Pero, ¿lo son?
No necesariamente.
No todos los creadores de contenido son influencers ni todos los influencers son creadores de contenido. La diferencia está en que el creador se define por producir el contenido, pero el influencer por su capacidad de prescribir y generar un efecto en su audiencia. Sí, sé que la línea es muy fina, pero esa línea existe aunque todos hagan contenido en redes sociales y la opinión propia influya mucho. Veámoslo con unos ejemplos.
Quizás conoces a Ariane Hoyos. Hace contenido en Instagram, TikTok y Substack sobre curiosidades históricas de lugares a los que viaja y libros, además de que tiene su propia Librería. La considero creadora de contenido e influencer porque tiene la intención de aportar algo más que “ser una tía chulísima” a su audiencia. La mayoría de sus colaboraciones son con agencias de viaje online, por lo que se dirige a su comunidad hablándolas de cosas que pueden ver o descubrir en las ciudades que ella visita. Los usuarios se guardan su contenido para saber qué hacer en sus próximas vacaciones.
Inesgatoo para mí es un ejemplo perfecto de creadora de contenido que no es influencer. Con 257 mil seguidores en Instagram, 170 mil en TikTok y 42 mil suscriptores en su canal de YouTube estoy segura de que su contenido tiene efecto en sus seguidores como inspiración y referencia. Es un perfil muy cinematográfico y, aunque hace colaboraciones con marca, es un estilo completamente distinto al que podemos ver en Fabiana Sevillano, Clers o Carliyoelnervio. De hecho, en su canal ha subido un vídeo reciente titulado “Ya no quiero ser influencer” donde describe las limitaciones que produce en su creatividad el formato al que estamos habituados en redes como Instagram o TikTok.
Como influencers de pura cepa, podría poner muchos ejemplos (que ya he mencionado en este artículo) pero hablemos de Naim Darrechi. Este influencer, es uno de los TikTokers más famosos de España con varias polémicas a sus espaldas. Su contenido se basa en vídeos de él mismo bailando, cantando alguna de sus propias canciones o utilizando audios virales. Además de ser un perfecto ejemplo de influencer, es también un perfecto ejemplo de mala influencia. Solo hay que ver los comentarios de sus vídeos.
Por supuesto, no se trata de que haya una guerra entre unos y otros o que unos sean mejores o peores. Si bien es cierto que creo que es altamente probable que se les empezara a llamar también “creadores de contenido” para quitarle la connotación negativa que adquirió el término “influencers” hasta que se empezó a considerar un “trabajo real”.
Lo que determina si son mejores o peores es su contenido y cómo lo reciben los usuarios. Al fin y al cabo, ambos luchan por algo que es muy difícil captar hoy en día: la atención.
Queda en nosotros, la audiencia, elegir a quién y a qué dedicamos nuestra atención y nuestro tiempo.
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