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Ser adolescente es difícil. Todos hemos pasado por esa etapa de construcción de la propia identidad, en la que ya no eres un niño pero tampoco eres adulto, no comprendes muy bien el mundo que te rodea, tus amigos lo son todo y harías cualquier cosa por ganarte su aceptación. Incluso suicidarte, ya que de eso va La Ballena Azul, el último (y macabro) ‘juego’ viral del que los medios de comunicación se han hecho eco ante el ingreso de una adolescente en la unidad de psiquiatría de un hospital de Barcelona, que al parecer estaría decidida a llegar al final y completar la última de las 50 pruebas que hay que superar, que no es otra que saltar por una ventana.

¿Qué es el juego de La Ballena Azul?

Pues ni más ni menos que la invención de una mente psicópata que pretende aprovecharse de adolescentes impresionables (afortunadamente, la mayoría de ellos parece mantener la cordura) y fácilmente manipulables. Las informaciones sobre el mismo son confusas, ya que una de las reglas del jueguecito de marras es que debes documentar cada una de esas 50 pruebas y luego borrar el rastro. La lista de pruebas parece sacada de un manual de tortura: desde pasear cerca de las vías del tren a levantarse a las 4 de la mañana para ver películas de terror, no dormir durante 24 horas, hacerse cortes en el cuerpo y enviar fotografías de ello a su ‘cuidador’ (una persona que controla que cada día se cumpla uno de los retos, que es definitivamente sádica y que, sospecho, no tiene nada de adolescente en muchos casos), que alternan cosas simples como dibujar una ballena o ver un película con automutilaciones y que, supuestamente, culminan en suicidio.

La información disponible sobre La Ballena Azul es poco clara: al parecer las autoridades de algunos países sudamericanos están investigando casos de automutilaciones y suicidios en Sudamérica que creen que podrían tener relación con este juego, que se habría originado hace un par de años en Rusia a través de VKontakte, el ‘Facebook ruso’ red en la que incluso existen grupos en español sobre esta historia, en la que es realmente difícil distinguir qué es cierto, qué es exageración y qué es directamente una noticia falsa.

Este ni es ni será el último caso de juegos macabros para adolescentes a los que el subidón de hormonas les fríe las neuronas; los había antes de la llegada de internet cuando yo era adolescente (snif) pero si algo nos ha traído internet y las redes sociales es la capacidad de difusión a escala planetaria de prácticamente cualquier cosa. Es lo que llamamos “viralidad”. Algo que, por otra parte, es el Santo Grial que hace salivar a cualquiera que se dedique a la cosa del marketing online sólo con pensar en conseguirlo (la viralidad, no el suicidio del público).

Las redes sociales también entrañan peligros

La Ballena Azul es un ejemplo de que las redes sociales no sólo traen cosas buenas, también tienen su lado oscuro. Hay un caldo de cultivo previo en todo esto, que también afecta a adultos pero al que los niños y adolescentes son especialmente sensibles ya que no poseen, en muchos casos, las defensas adecuadas, sin olvidar la responsabilidad ‘in vigilando’ (ahora que está tan de moda la expresión) de los padres. No voy a entrar en si es bueno o no que un niño tenga móvil, pero lo que sí está claro es que corresponde a los padres controlar qué hace el niño o adolescente con ese móvil y tener pleno acceso a sus redes sociales si se les permite tenerlas. Los peligros que acechan en el mundo offline también están en las redes sociales, sólo que viajan mucho más rápido.

El problema radica en que los adolescentes se mueven como pez en el agua por los canales digitales y la redes sociales, ya que han convivido con ellos desde que nacieron, y reaccionan mucho más rápido de lo que los padres, e incluso las autoridades, son capaces de controlar. 

¿Son estos los nuevos virus de las redes sociales?

Quizá la viralidad tiene el nombre mejor puesto de lo que quienes bautizaron así a la transmisión rápida de la información pensaron en su momento. Al igual que los virus informáticos imitan el comportamiento de los biológicos (su finalidad es autorreplicarse y extenderse lo más rápido posible, al tiempo que causan algún tipo de daño a su hospedador), es posible que estemos ante la irrupción de otro tipo de virus específico de las redes sociales, pero que en lugar de causar daño a los aparatos lo hace a las personas que lo reciben y lo transmiten. Lo que empezó como retos inocentes como el ‘ice bucket challenge’ o el ‘mannequin challenge’  puede tratarse de la avanzadilla de una nueva generación de virus infinitamente más peligrosos para los que no estamos preparados ni hemos desarrollado vacunas. 

¿Significa esto que las redes sociales son peligrosas? En mi opinión: no. Más bien significa que se parecen cada vez más al mundo real, con sus mismos peligros y ventajas, pero todo ello acelerado 1.000 veces. No sólo los más jóvenes están expuestos a esta nueva generación de virus: las noticias falsas han proliferado tan rápido a través de los canales digitales que tanto Google como Facebook están seriamente preocupados por este tema. En esta época de postverdad cada vez es más complicado fiarse de la información que nos llega por estos canales, tanto que hasta los propios medios de comunicación clásicos caen muchas veces en la trampa.

Preguntarse quién gana con todo esto es adentrarse en los abismos de la psique humana, algo que escapa al propósito de este post y de la capacidad de quien lo escribe. Lo único cierto es que La Ballena Azul debe ser un toque serio de atención y una demostración de que la información en las redes sociales es capaz de adquirir vida propia, incluso sin que ese fuera el propósito final de los que la difunden en primer lugar. 

¿Hay intereses oscuros tras los fenómenos que arrasan en las redes de vez en cuando? Aunque no soy amigo de las teorías conspiranoicas, los acontecimientos ocurridos durante las pasadas elecciones en Estados Unidos con la interferencia de hackers rusos para beneficiar a Donald Trump es una manifestación de que los gobiernos también han descubierto el poder viral de la información y se dedican a jugar mucha partidas de ajedrez geopolítico en las redes sociales.

Habrá que estar alerta para que lo que nació como un espacio de socialización entre personas no se convierta en uno de intoxicación.

Imagen: National Geographic

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