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A nadie se le escapa que estamos inmersos en la campaña electoral más reñida de, como mínimo, los últimos 15 años. La gran novedad de estas elecciones es la más que posible ruptura del bipartidismo en España, algo no visto desde tiempos de la UCD, con la entrada de dos nuevas formaciones, Podemos y Ciudadanos, que se presentan como adalides de la “nueva política”. Y la otra gran novedad es que, esta vez sí, las maquinarias de todos los partidos se han volcado en las redes como nunca lo habían hecho antes. Sobre todo en lo referido a los debates electorales, que están siendo los grandes protagonistas de la campaña.

La irrupción de dos nuevas fuerzas políticas con posibilidades de gobernar ha disparado el interés por los debates electorales como nunca antes. Tanto el debate a cuatro como el debate a dos de ayer fueron los eventos televisivos más vistos del año, aunque la pelea y la movilización estaba en las redes sociales. Tanto Twitter como Facebook se convirtieron en herramientas de seguimiento y discusión de lo que estaba pasando en televisión, algo que los partidos ya no ignoran y para lo que tenían sus maquinarias perfectamente engrasadas.

En los debates electorales a cuatro, tanto el organizado por El País (concebido para ser seguido por Internet) como en el de Atresmedia, hubo dos grandes protagonistas, precisamente los ausentes: Mariano Rajoy y Alberto Garzón. Mientras que la estrategia del PP en el primer debate fue ignorarlo y en el segundo, en el que estaba representado por la vicepresidenta del Gobierno, fue hacer como si Rajoy no tuviera por qué estar allí, la estrategia de Alberto Garzón fue brillante. Su tuit preguntando irónicamente a la gente si les estaba gustando su intervención ha sido, sin duda, el protagonista de la campaña en Twitter.

Un fundamento básico del mareting político es que a los debates electorales se va, sobre todo, a no meter la pata. Si esto antes ya era básico, ahora es una obsesión, ya que cualquier error por parte de un candidato va a ser inmediatamente convertido en viral y amplificado con memes hasta el infinito. Y en los dos primeros debates electorales la ausencia de Rajoy fue, en realidad, uno de los grandes temas de discusión (y de ridiculización) en las redes sociales. Van un par de ejemplos:

 

Independientemente de la estrategia de los partidos, las redes sociales vieron la ausencia de Rajoy en estos debates electorales  como un error, y los errores se pagan caros. No olvidemos que el humor es, hoy en día, el rey de Twitter.

Debates electorales y redes sociales, campo abonado para los nuevos partidos

La estrategia de los nuevos partidos ha sido clara y ha conseguido bastante bien su objetivo a la vista de las encuestas. Su misión en los debates electorales ha sido presentar a PSOE y PP como partidos antiguos, oxidados y caducos, al tiempo que se presentan a sí mismo como los “partidos de la gente decente y honrada”. El hecho de que Podemos y  Ciudadanos le deban mucho de su éxito a la comunicación no es algo casual. Su estrategia se apoya en dos pilares básicos interconectados entre sí: la televisión y las redes sociales. 

De este modo, no sólo los debates electorales sino cualquier comparecencia pública de los candidatos de ambos partidos es, en realidad, una oportunidad para generar buzz en las redes sociales, que son ampliamente utilizadas por su electorado. Las encuestas dejan claro que ambos partidos arrasan entre los menores de 45 años, precisamente el segmento de población que usa las redes sociales de forma más activa.

PSOE y PP van a remolque en una estrategia que les resulta claramente incómoda. Las redes sociales priman la interacción con sus seguidores, algo que los dos partidos clásicos no digieren bien. Incluso podría decirse que es obvio que les da bastante miedo. Su estrategia ha sido mucho más encorsetada que la de los nuevos partidos, que se mueven como pez en el agua en un terreno que les es familiar e incluso, en el caso de Podemos y Pablo Iglesias, es donde nacieron. 

El debate cara a cara de ayer fue buena muestra de ello. La visión que ha cundido en las redes sociales no es si ganó Sánchez o Rajoy, sino que los auténticos ganadores del debate cara a cara fueron los ausentes. La repetición de escenografía y moderador, en un entorno poco atractivo y más propio de otros tiempos, no ayudó en absoluto, sino que reforzó la imagen que ya se estaba prefigurando por los partidos nuevos.

Tanto Rajoy como Sánchez cayeron en la trampa que les habían tendido Podemos , Ciudadanos e IU-UP. Dado que el bombardeo de mensajes durante todo el día avisando de que iba a ser un debate “viejo”, “antiguo” y de “vieja política”, es incomprensible que sus aparatos de comunicación no corrigieran el rumbo de sus intervenciones y les permitieran plantearse este tipo de debates electorales como un combate de boxeo centrado en el “y tú más”, cuando eso es exactamente lo que el resto de partidos había predicho que pasaría.

Ambos tenían la oportunidad, posiblemente la última, de presentarse como capaces de liderar el futuro, y centraron sus intervenciones en el pasado, con un estilo bronco que les alejaba de la audiencia. En lugar de presentarse como preocupados por los problemas de la gente, se presentaron más interesados en aplastar al contrario, cuando el clamor popular en las redes sociales les pedía otra cosa. Es un fallo de comunicación enorme impropio de partidos que gastan grandes presupuestos en asesoramiento en este campo. 

Así mientras el vídeo más difundido de Pablo Iglesias es el del último minuto de su intervención en el debate a cuatro, que, se esté o no de acuerdo con el contenido, es una pieza maestra de comunicación política (acabar con un “sonrían, que sí se puede” tiene muchas reminiscencias de la campaña de Obama), el vídeo más difundido de Sánchez y Rajoy va a ser, sin duda, el de ambos peleando y llamándose de todo. Alguien debería recordarles a sus asesores que en negativo no se vende.

En definitva, los debates electorales a dos, en formato clásico, están muertos, puede que definitivamente. Y han sido las redes sociales las que han certificado su defunción. Esperemos que para bien.

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