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Todo es opinable es esta vida. Incluso los datos, que también son interpretables. Hay mucha gente que niega la existencia de una burbuja de startups similar a la tristemente célebre burbuja de las puntocom de hace quince años, que tuvo catastróficas consecuencias para el desarrollo del eCommerce, que tardó años en recuperarse del golpe. Pero los datos están ahí, y son tozudos, hasta el punto de que en muchas empresas del sector las luces rojas de alarma están encendidas ya hace tiempo.

Las burbujas en economía: ¿hay una burbuja de startups?

Un burbuja, en términos económicos, es un aumento desmesurado del valor de algo (empresas, propiedades, suelo) que no responde a su valor real. Todas las burbujas están causadas y alimentadas por la especulación. En España, por desgracia, sabemos mucho de eso, ya que el pinchazo de la burbuja inmobiliaria ha causado 7 años de crisis de la que, según a quién preguntes, estamos saliendo o aún no.

Nadie duda de que muchas startups tienen un brillante futuro por delante. El problema no está en la posible rentabilidad de nuevas ideas de negocio, sino en un factor clave: la velocidad con la que esas startups van a ser capaces de generar la rentabilidad suficiente para justificar sus elevadas valoraciones. Ahí está la madre del cordero, y el origen de la burbuja de startups.

Todo esto genera un círculo perverso que cada vez va más rápido: los fondos de capital riesgo (que son los más heavys de los fondos especulativos) compiten por entrar en el capital de las startups, lo que eleva sus valoraciones. Esa subida de la valoración atrae a más emprendedores que se olvidan de que sus empresas deben generar dinero como objetivo principal y que pasan a preocuparse en primer lugar por “levantar” inversión en sucesivas rondas de capital.

Los inversores entran, esperan a que el valor suba de nuevo y salen de las empresas, cediendo el sitio a inversores nuevos que están dispuestos a continuar el juego y subir la apuesta. La burbuja de startups está servida. Es como jugar al póker: el más cobarde es el que más pierde. Incluso los “business angels” (que de ángeles sólo tienen el nombre) y las incubadoras y aceleradoras de startups se prestan al juego: toda la ayuda que recibes no está orientada a que tu negocio se desarrolle mejor, sino a atraer a más inversores. Sólo hay que ir a un evento de startups para comprobarlo. Es decir, la burbuja de startups se sigue alimentando con nuevas incorporaciones.

¿Qué pasa al final? Pues en la mayoría de los casos, la quiebra. En los casos en los que los gestores de la startup no se han dejado llevar y han conservado el sentido común (o eso o han tenido mucha suerte), llegan los beneficios y la empresa adquiere velocidad de crucero y se estabiliza. Y en muy contados casos, llega Google o Amazon o alguno de los otros gigantes del sector y te compra. Esto, que en circunstancias normales es ley natural del mercado y no sería perjudicial (unos nacen, otros mueren) en una burbuja de startups puede explotar de golpe.

La burbuja de startups está servida… ¿llega el appocalipsis?

La explosión de la burbuja de startups, como siempre sucede en estos casos, será rápida y letal para muchas empresas. Normalmente todo arranca a partir de una quiebra o un tropezón de una empresa potente que desata el pánico: en cuestión de días, si no de horas, la burbuja de startups se habrá pinchado y las empresas habrán perdido miles de millones en valor, lo que supone una corrección brusca para acercarse a su valor real que sólo los más grandes o los menos expuestos estarán preparados para soportar.

Todos los ingredientes de la burbuja de startups están calentitos:

1. Valoraciones imposibles de empresas.

Estas valoraciones multiplican por cien o por mil su facturación anual. Un inversor jamás rentabilizaría la inversión sólo con dividendos, necesita que el valor no pare nunca de crecer. En circunstancias normales, las subidas y bajadas de precio serían vistas como parte de esa normalidad, pero en una situación de burbuja de startups todo el mundo se está mirando de reojo para ser el primero en salir corriendo, con lo que una bajada más o menos continuada del precio de una startup puede desencadenar la tormenta perfecta.

2. Dinero fresco disponible.  

El dinero llama al dinero. La crisis y el pinchazo inmobiliario en la mayoría de los países hace que los fondos que antes se inyectaban en la construcción busquen otro sector que recalentar. En España estamos ante un año récord en inversión en startups: más de 500 millones sólo en startups tecnológicas. Empieza por “b” y acaba en “uja”.

3. Empresas con resultados muy por debajo de las expectativas. 

Estamos en un sector en el que los beneficios son la excepción y las pérdidas la norma. De los cientos de miles de apps, tiendas online de lo más variopinto y otras startups del mundo de la tecnología, ¿cuántas, exceptuando a los grandes, ganan dinero? La mayoría jamás recuperará la inversión inicial. Es más, hay startups que han apostado descaradamente por la especulación: son las que carecen de modelo de negocio, esas fantásticas apps gratuitas que ni siquiera tienen publicidad y que siguen funcionando mientras tengan gasolina inversora para hacerlo, esperando que Google llame a su puerta.

4. Sobresaturación de sectores. 

Las apps móviles se cuentan ya por millones. Prácticamente en cada sector imaginable hay decenas o cientos de apps compitiendo por mercados que no pueden albergar a tantos. Y muchas de ellas están infladas de esteroides en forma de millones (o cientos de millones) de inversión procedente del capital riesgo. ¿En serio hay tanto espacio para que, por ejemplo, triunfen varias apps de anuncios clasificados y segunda mano en un mercado dominado por Amazon y eBay?. Sinceramente creo que no. Y como en ese sector, pasa en muchos otros.

5. Negación de la realidad. 

Una característica típica de estas situaciones (y la actual burbuja de startups no es una excepción) es que los que están inmersos en ella niegan que exista. Algo que lleva sucediendo un par de años y que, cuanto más se acerca el límite de ruptura de la burbuja de startups, más intensamente se produce. La principal razón que se aduce para negarlo es que el capital riesgo es mucho más conservador que antes y está invirtiendo más en startups que entran en fases más maduras de expansión y rentabilidad. Aun así, los números no cuadran: no es lo mismo alcanzar el umbral de rentabilidad que alcanzar unos beneficios que justifiquen una valoración desmesurada. Obviamente si alguno de los grandes fondos de capital riesgo empezara a replegar posiciones y admitiera la existencia de la burbuja el mercado se desplomaría en horas. Así que los que están dentro están atrapados y, como la orquesta del Titanic, se ven obligados a seguir tocando mientras el barco hace aguas, esperando al pistoletazo de salida para salir en desbandada.

Twitter es el candidato perfecto para pinchar la burbuja de startups

Twitter tiene todas las papeletas para ser el desencadenante. Sus resultados están muy por debajo de las expectativas puestas en ella después de una meteórica salida a Bolsa. Tanto es así que Jack Dorsey se ha visto forzado (al parecer, a su pesar) a volver a ponerse al mando de la nave e intentar rescatarla de la peligrosa pendiente descendente por la que poco a poco empieza a deslizarse. Twitter da muestras de flaqueza y, si no consigue reinventarse en un plazo breve de tiempo, es la candidata ideal a desencadenar el pánico.

Twitter sólo tiene dos salidas: O consigue una monetización adecuada (algo que es muy difícil sin romper la esencia de los 140 caracteres, lo que ya se están replanteando, o uno de los grandes la compra (y los candidatos con cash suficiente son pocos: Amazon, Apple, Google, Microsoft y quizá Alibaba). Y ahora mismo, con Twitter tremendamente sobrevalorada, no tiene sentido comprarla cuando puedes hacerlo en un año por mucho menos. A Jack Dorsey le han puesto en las manos un alfiler, y si no lleva cuidado puede pinchar el globo.

Además, Twitter tiene el alcance y tamaño suficientes, además de cotizar en Bolsa, para ser un factor desencadenante del pinchazo de la burbuja de startups.

Resumiendo: No hemos aprendido nada (algo que no es sorprendente) de la burbuja puntocom de hace 15 años. Estamos repitiendo los mismos errores, por la sencilla razón de que con todo esto mucha gente se está forrando. Los Ferraris son habituales en Silicon Valley. Pero, como siempre, serán los miles de pequeños negocios y los pequeños inversores los que pagarán el pato.

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